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16 octubre 2010

Coleccionando formación

Hoy venía yo con la idea de hablar de mi viaje a Nueva York y empezar a dármelas de cosmopolita insufrible, aprovechando que nadie me ve escribir estos sofisticados textos desde la intimidad de mi bata abuelera, pero ayer recibí una carta de mi amiga María. La carta merece publicarse completa, o eso pienso yo; aunque es verdad que yo pienso que cualquier cosa que anote María en la esquina de una servilleta merece publicación encuadernada en cartoné, cosida en hilo y a todo color (sólo si ha hecho un dibujito de acompañamiento). En cualquier caso, sí que quiero reproducir aquí un par de fragmentos:

Asisto perpleja a una vorágine de títulos, diplomas y certificados (y lo peor, siendo parte integrante de la masa) que, en muchos casos, no conduce más que a la búsqueda, previo paso por caja, de tener una oportunidad más que el vecino.

En muchas, demasiadas ocasiones, los posesores de tan fastuosas trayectorias formativas no merecerían tener el graduado escolar. Por otro lado, la realidad social y el rodillo triturador de la criba imponen esta lucha por el supuesto conocimiento y la especialización (…).

Y por otro lado, tenemos a la gente que cree realmente en esta formación, que tiene una inquietud por aprender, por estudiar, por seguir formándose al margen de los frutos que ello pueda dar (…) a veces también yo me pregunto si esto tiene que ir siempre unido a una formación reglada. Se ha perdido en cierto modo el hecho de aprender por aprender sin necesidad de un título, de un certificado. Es verdad que la presión y los plazos obligan a un esfuerzo más constante, pero ¿hasta qué punto son a veces necesarios?

Como somos víctimas constantes del síndrome Baader-Meinhof, esta mañana me he fijado en este titular: «Los MBA son una pérdida de tiempo y dinero», frase de Seth Godin, que es un señor calvo que escribe con notable velocidad y considerable éxito (todo lo contrario que yo, como se puede ver por mi lustrosa melena). Y aquí ando dándole vueltas al tema.

Bien avanzado ya el desmantelamiento de las universidades, a las que se quiere destinar a fabricar trabajadores especializados para su mejor aprovechamiento por parte del capital, la formación se ha convertido en uno de los grandes negocios de este siglo. Acumulamos másteres y cursos como quien colecciona figuritas de Lladró, pero ¿qué conocimientos sacamos de ellos? ¿Aprendemos, o compramos adornos para el curriculum?

Aprovar no es aprender

Creo que hay un grupo en particular que, totalmente desorientado, sufre mucho con esta situación. Somos los que crecimos pensando era obligatorio y necesario estudiar, hijos de padres con más inquietudes que dinero, herederos de una clase media ahora a extinguir. Contemplamos confundidos cómo a nuestro alrededor la gente amasa títulos, y comparamos este mundo con el de nuestros padres, que con una licenciatura pelada (¡quién habría escrito «licenciatura pelada» hace treinta años!) tenían -tienen-, sin discusión, una educación muy superior a la de la mayoría de quienes hoy día ostentan esas «fastuosas trayectorias formativas».

No soy yo una forofa de «la escuela de la vida», ni creo que se puedan suplir los conocimientos teóricos de la mayoría de las materias mediante la experiencia cotidiana y el aprender haciendo. Godin tampoco defiende este extremo, y el famoso MBA personal de Josh Kaufman incluye una lista de 99 libros, que se dice pronto. Más en esta última línea, sospecho que si acudiéramos más a los libros y menos a las ubicuas escuelas de posgrado, tendríamos el currículo más breve, pero la cabeza mejor amueblada.

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