Posts tagged ‘tiempo’

13 febrero 2011

Seis y media

Me doy la vuelta en la cama, otra vez, y abro los ojos. ¿Qué estaba soñando yo…? No consigo acordarme, pero no tengo más sueño. Me doy otra vuelta más y pienso que hay algo que no encaja. Es sábado por la mañana, he dormido bien, no tengo sueño y… no hay luz. Eso es. Pero no puede ser… Estiro la mano para mirar la hora: las seis y media. Las seis y media de la mañana de un sábado y yo tengo los ojos como platos. En fin, es hasta normal; ayer me levanté a las seis para preparar el examen de mis chicos…

Es entonces cuando me doy cuenta. Recuerdo de pronto mi verano de COU, cuando, con la mayoría de edad recién estrenada y la perspectiva de verme en Granada en octubre, les pedí a mis padres que me quitaran la hora de volver a  casa. Como era de esperar, ese mes de julio llegué varias veces con el alba (como también era de esperar, me aburrí en pocos años de tales alardes). En esas ocasiones, cuando entraba en casa, tratando siempre de no hacer ruido (puesto que en casa de mis padres, el sueño es algo sagrado), me lo encontraba indefectiblemente despierto, con una taza de café recalentado en la mano, y a veces, sentado a la mesa, rodeado de pilas de folios. Me decía siempre: «¿Qué tal, hija? ¿Todo bien?» Yo le daba un beso y le preguntaba: «¿Qué haces ya despierto?» «Es que es tardísimo —decía él—. Estoy aquí corrigiendo los exámenes de estos melones». Y entonces yo cogía algo de comer de la cocina y me sentaba con él diez minutos, antes de irme a la cama, a contarle alguna anécdota de la noche o a escucharle desesperar (y algunas veces, elogiar) de sus alumnos, los melones.

Madre mía, pienso. No tenía yo bastante. No era suficiente con ser incapaz de aguantar despierta más allá de la una, ni con quedarme KO a la tercera cerveza. No es bastante tener cada vez menos idea de música y poner los ojos en blanco con cada comentario de un primo o sobrino adolescente. No me alcanza ya con sorprender en el espejo, por el rabillo del ojo, la viva imagen de mi madre, ni con remangarme las mangas de todas las camisas, camisetas y jerséis, después de todo lo que me reí de ella. No vale con haberme convertido en una señora de treinta años, ¡buf!

Pues no, no basta. Me levanto de la cama y voy a la cocina, y al volver, sentada entre los folios del examen mientras remuevo mi taza de café recalentado, me doy cuenta de que ahora, encima, me estoy convirtiendo en mi padre.

Anuncios
14 noviembre 2010

Otoño

Está siendo un otoño ajetreado, un otoño de currar bastante, de reevaluar decisiones pasadas, de tirar algunas toallas y aceptar retos nuevos. Está siendo un otoño de muchos aviones y de reencuentros frecuentes. Pasados los primeros meses de acarrear maletas, de no saber muy bien qué llaves lleva una en el bolsillo, de intentar llegar a todo y de no tener (¡por suerte, a veces!) tiempo para reflexionar, se entra de pronto en otra etapa.

Desde las alturas

Y de pronto hace frío, y la lluvia incesante sólo anima a quitarse los zapatos del trabajo y arroparse mucho en casita, y los relojes se detienen y siempre son las ocho de la tarde. Y misteriosamente, de pronto hay tiempo para leer, y para hacerse muchas tazas de té; y también para echar ferozmente de menos, y preguntarse eso de pero qué narices hago yo aquí, y responderse con mucha lógica y raciocinio cosas muy adultas, de las que aplacan la mente pero no el corazón.

Tullerías

Pero yo me digo que este otoño no puedo recordarlo como el otoño en el que la nostalgia me atenazaba de tanto en tanto; no quiero recordarlo como el otoño en el que decidí comprarme las primeras botas de agua desde que estaba en el cole; no voy a recordarlo como el otoño en el que volvía la vista a mi país y me entristecía y me preocupaba y me mordía las uñas pensando en volver y no volver.

Pariser Platz

He pensado que es mucho mejor recordarlo como el otoño en el que estuve en Nueva York, París y Berlín. Y que me quiten lo bailao.

12 octubre 2010

Decidir

Llevo ya muchos años viviendo con la sensación de que no llego. ¿A qué? No lo sé. A todo. A nada. A abarcar ni una mínima parte de todo lo que ofrece la vida. Los días, las semanas, los meses pasan, y una vez más, hoy no he hecho nada. ¿Os suena?

– ¿Qué has hecho hoy?
– Nada.

Traducción: Hoy no he hecho nada que yo considere importante ni valioso, ninguna de las cosas que me gustaría hacer o que creo que debería estar haciendo. De todas las cosas que he hecho, ninguna merece llamarse algo. No he hecho nada.

Esto está más visto que el tebeo, y basta con asomarse por Google para comprobar la cantidad de blogs sobre productividad, sistemas de organización para tu vida y programas informáticos para la gestión del tiempo que pululan por ahí. De modo que no me voy a explayar mucho más.

A donde yo iba es… Entonces, ¿la solución es hacer algo?

La lógica me dice que no. Ya hacemos algo. Ya hacemos montones de cosas a lo largo del día, pero no nos satisfacen. Tendríamos que hacer algo especial, algo que consideremos valioso, quizás algo que queríamos hacer desde hace mucho tiempo. Hay que aprender a pilotar un avión, o a hacer macramé, o echarse novia.

¡MEEEEEEC! ¡Error! Porque, increíble pero cierto, basta con hacer cualquier cosa para que de pronto nuestra alegría de vivir se dispare cual beneficios de multinacional. Violentando mi natural modestia, me pondré de ejemplo y contaré que ahora mismo estoy dedicando entre seis y nueve horas a la semana a una cosa que ni siquiera me apetecía hacer y que desde luego nunca ha estado en mi lista de prioridades. Y estoy encantada, oiga. Y no sólo eso: me está dando energías para acometer otra serie de cosas que, curiosamente, sí que quería hacer. Y al obligarme a hacer reorganización general, de pronto las cosas que ya hacía antes, y que no tenían valor, comienzan a tener sentido.

Además… ¿de dónde coño he sacado entre seis y nueve horas a la semana? ¿Dónde estaba ese tiempo? Curioso, ¿no?

Es pronto para hablar, porque también pasa que a veces vemos la luz al final del túnel y resulta que era un tren de mercancías con los frenos rotos. Pero aquí estoy y esto es lo que está pasando, ahora.

De modo que, y llego ya por fin al quid de la cuestión, todos esos malditos libros de autoayuda tenían razón (lo siento, lo siento, pero es cierto), y lo que hay que hacer es empezar a hacer algo distinto. Y la clave está en que eso nuevo que comiences a hacer no sea algo que te venga impuesto, o que se derive de la inercia natural de cómo llevas tu vida. La clave está en que lo elijas tú.

Choose

Otro día, más.