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19 diciembre 2010

La novia de papá

No sin cierta guasa, esta mañana me manda un compañero del trabajo este mensaje: «¿Escribes con pseudónimo en El País?» y me enlaza a este blog, La novia de papá. Porque yo, la verdad, me harté muy pronto de andar medio a escondidas, como si hubiera algo de lo que avergonzarse, y en el trabajo lo suelto a la mínima: Pues sí, mi chico tiene una hija, una pitufa de cuatro años. No, no es mía, pero un poco como si lo fuera. Y hay quien se lo toma como algo normal, quien me mira como si estuviera loca, y quien me manda correos tomándome el pelo, como se puede ver.

Y le doy un par de vueltas al blog de esta buena mujer, y encuentro, como siempre, parecidos y diferencias, cosas con las que estar de acuerdo y cosas con las que fruncir el ceño. Pero al final, de una cosa sí que estoy satisfecha: yo no soy la novia de papá. Yo soy María. Y puede que yo lo haya tenido más fácil que otras, porque mi enana no recuerda un tiempo en el que yo no estuviera ahí; pero estoy contenta con ese detalle.

Es verdad que me lo preguntan mucho: «¿Y ella cómo te llama?» E incluso: «¿Y te dice mamá?» Pregunta que me sorprende muchísimo, porque nunca se nos pasó por la cabeza, ni a su padre ni a mí ni a nadie, despistar a la niña de esa manera: ella tiene una mamá, un papá, y luego está María. ¿Para qué le íbamos a decir algo que no es verdad? Eso sí, ella sabe que a María hay que hacerle caso igual que a papá, norma que sólo suele saltarse en presencia de los abuelos; pero como en presencia de los abuelos tampoco le hace a su padre ni puñetero caso, pues oigan, no me estreso.

Y de momento me libro de todas esas etiquetas que muchas compañeras de fatigas relatan: la novia de papá, la mujer de papá, la madrastra mala del bosque. Etiquetas que yo detesto, porque creo que hacen que al final el niño te vea como un apéndice de su padre (o su madre, ya me entienden). Así, el padre siempre está de proxy en tu relación con el niño, impidiendo que la criatura te conozca y te quiera (¡o te aborrezca, oiga!) por quien tú eres y por como tú te comportas con ella.

Así que cuando me entero de que mi pequeño terremoto ha dicho, motu proprio, «Ahora vamos a casa de papá a ver a nuestra amiga María», a mí se me pone una sonrisa de oreja a oreja. Y cruzo los dedos para que sigamos siendo así de amigas mucho tiempo.