Seis y media

Me doy la vuelta en la cama, otra vez, y abro los ojos. ¿Qué estaba soñando yo…? No consigo acordarme, pero no tengo más sueño. Me doy otra vuelta más y pienso que hay algo que no encaja. Es sábado por la mañana, he dormido bien, no tengo sueño y… no hay luz. Eso es. Pero no puede ser… Estiro la mano para mirar la hora: las seis y media. Las seis y media de la mañana de un sábado y yo tengo los ojos como platos. En fin, es hasta normal; ayer me levanté a las seis para preparar el examen de mis chicos…

Es entonces cuando me doy cuenta. Recuerdo de pronto mi verano de COU, cuando, con la mayoría de edad recién estrenada y la perspectiva de verme en Granada en octubre, les pedí a mis padres que me quitaran la hora de volver a  casa. Como era de esperar, ese mes de julio llegué varias veces con el alba (como también era de esperar, me aburrí en pocos años de tales alardes). En esas ocasiones, cuando entraba en casa, tratando siempre de no hacer ruido (puesto que en casa de mis padres, el sueño es algo sagrado), me lo encontraba indefectiblemente despierto, con una taza de café recalentado en la mano, y a veces, sentado a la mesa, rodeado de pilas de folios. Me decía siempre: «¿Qué tal, hija? ¿Todo bien?» Yo le daba un beso y le preguntaba: «¿Qué haces ya despierto?» «Es que es tardísimo —decía él—. Estoy aquí corrigiendo los exámenes de estos melones». Y entonces yo cogía algo de comer de la cocina y me sentaba con él diez minutos, antes de irme a la cama, a contarle alguna anécdota de la noche o a escucharle desesperar (y algunas veces, elogiar) de sus alumnos, los melones.

Madre mía, pienso. No tenía yo bastante. No era suficiente con ser incapaz de aguantar despierta más allá de la una, ni con quedarme KO a la tercera cerveza. No es bastante tener cada vez menos idea de música y poner los ojos en blanco con cada comentario de un primo o sobrino adolescente. No me alcanza ya con sorprender en el espejo, por el rabillo del ojo, la viva imagen de mi madre, ni con remangarme las mangas de todas las camisas, camisetas y jerséis, después de todo lo que me reí de ella. No vale con haberme convertido en una señora de treinta años, ¡buf!

Pues no, no basta. Me levanto de la cama y voy a la cocina, y al volver, sentada entre los folios del examen mientras remuevo mi taza de café recalentado, me doy cuenta de que ahora, encima, me estoy convirtiendo en mi padre.

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5 comentarios to “Seis y media”

  1. Reenviado a mis padres. Y a mi hermana. :-)

  2. No creo que, en este caso, esto tenga nada malo. Me ha encantado ;)

  3. Y están orgullosos. Muy orgullosos.

  4. Qué forma más bonita de describir una ¿pequeña crisis? personal. La pregunta clave, para mí, es: ¿qué hay de malo en convertirse en la imagen de tu padre?

  5. Yo sólo quiero añadir que tú al menos no tienes “melones” por alumnos, ‘sólo’ tienes vagos salvajes

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